
Sol había decidido abrir su mente y estaba dispuesto a sucumbir ante nuevas experiencias. Un nuevo mundo se abría ante él. Había decidido abandonar su playa, su casa, al menos por ahora.
El destino lo llevó a conocer un nuevo país. Un país asfixiado que anhelaba sueños de libertad, apresado por un estado que no escuchaba ni quería oír. Un país verde y rico, por su cultura, sus gentes y sus olas. Un país que le maravilló. Un país dotado geográficamente para recibir en sus costas esa maravillosa física que emanaba de la naturaleza en forma de ondas. Unas ondas que se habían originado en otros confines y que de forma mágica llegaban a sus ocultas playas como nómadas al encuentro de su sino.
Sol seguía maravillado, y los días se sucedían sin saber lo que le deparaba el destino.
Un día, al atardecer mientras el gran astro se fundía con el mar, y la luz menguaba a la vez que el color azul del cielo se tornaba dorado. Sol salía del agua, subía por un estrecho sendero que se abría paso ante una abundante hierba salvaje, que parecía querer borrar cualquier trazo hecho por el hombre. Todavía con el neopreno puesto y dejando un rastro de pisadas tras de sí, subía cabizbajo, pensativo y concentrado en su propio mundo sin parar atención a la belleza que le rodeaba. Era una playa un tanto solitaria a la que poca gente solía ir allí a surfear. A Sol le gustaba precisamente por eso. Huía de la gente. Era un sitio especial para él, manteniendo las distancias le recordaba a su hogar. Una pequeña playa rodeada por muros de piedra que se alzaban vertiginosamente dando acceso a ella a través de un serpenteante sendero que se escurría entre una frondosa vegetación. Esta pequeña y apartada playa ocultaba un pequeño tesoro, una ola. Una ola que se formaba rápidamente, y que rompía de derecha a izquierda, potente para su tamaño, sólo apreciada por los que la conocían.
Sol seguía ensimismado en su mundo, pensando, soñando. Había dejado la playa vacía, siendo él el último en salir del agua. Seguía subiendo. Los días en los que las olas le arrebataban todas las fuerzas, el pequeño y angosto sendero se le hacía interminable, pensaba que nunca llegaría hasta lo alto. De repente algo le llamó la atención y le hizo levantar la mirada. El sol se había puesto casi por completo, pero aún había suficiente claridad. A lo lejos una silueta en movimiento tomaba el sendero y bajaba apresurada. La silueta iba tomando forma a medida que se acercaba, ara alguien con una tabla. No le dio más importancia y Sol siguió en su mundo. Casi sin darse cuenta volvió a alzar la mirada, la silueta se había convertido en una chica inquieta que quería exprimir los últimos minutos de luz en el agua. Se cruzaron, se miraron, las miradas se volvieron tan intensas que Sol por un momento creyó verse a si mismo desde los ojos de ella, el corazón se le aceleró de tal forma que pensaba que le saldría por la boca. La chica sonrió y se desvaneció sendero abajo. Sol se quedó atónito, contemplativo, parecía no entender que acababa de suceder.
Durante los días siguientes Sol fue cada día a “su” playa, a la misma hora, justo antes del anochecer, en busca de esa coincidencia. De esa forzada coincidencia. La chica no apareció. Y aunque lo hubiese hecho quizás no tendría el valor suficiente para hablar con ella, aunque tentaba a la suerte.
Los días fueron pasando, y Sol prácticamente había olvidado ya ese dulce encuentro.
Nuevas ondas se veían desde lo alto de la cima. Una depresión miles de kilómetros al norte daba en ofrenda esas bonitas y perfectas líneas que venían a morir a estas costas. Ya era muy tarde para entrar al agua. Pero desde lo alto el espectáculo hipnotizaba a Sol. Las olas venían ordenadas dibujando líneas perfectas, parecían estar hechas por una herramienta de precisión, mientras un velo dorado las arropaba. El mar parecía oro en movimiento. Una tras otra se acercaban a la playa, y en ese pequeño recodo creado naturalmente por unas rocas empezaban a formarse, a levantarse, a romper con toda esa energía acumulada después de miles de kilómetros de viaje.
Alucinado por la belleza de lo que estaba presenciando, no tenía ojos para nada más. El sol se había puesto. La luz dorada se estaba apagando, y algunas estrellas, sólo aquellas más brillantes empezaban a dejarse ver. Sintió un escalofrío, y de repente su mirada se topó con unos ojos que le eran familiares. Era ella. Había salido de trabajar y durante el camino a su casa pasaba siempre por allí, en ocasiones le daba tiempo a parar para darse un baño, esta vez, era demasiado tarde, pero la luz del atardecer y las olas de esta nueva depresión la habían hecho detenerse. La intensidad del color de sus ojos sólo era comparable a luz que desprendía su sonrisa. Ella empezó a hablar… Sol había encontrado la coincidencia que tanto había buscado, sólo que no la encontró sino que se presentó ante él sin previo aviso.
Otros Capítulos:
Capítulo I, Sol
Capítulo III, Desamor
Capítulo IV, La Isla
Créditos
Texto: Dani
Foto Portada: Árbol en Ho’okipa
Por: Anna


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